El Infierno del Norte

La París-Roubaix, es la clásica de las clásicas. Una de las más famosas carreras de un día con 111 años de historia (primera edición en 1896), y un recorrido similar durante todos estos años.

Al igual que pasa con los profesionales, tampoco muchos cicloturistas se atreven con el “infierno del norte”, y es que es una carrera dura, por el clima y el terreno en donde expones la mecánica de tu montura, y en parte tu propia integridad. Es algo con lo que hay que partir, asumir y tener en cuenta a la hora de afrontar esta marcha, y poder sentirse afortunado al acabar la misma.

Pese a mi intención inicial de hacer integro el recorrido profesional, problemas logísticos (tren-hotel, horario), me hicieron partir de Saint Quentin. 30 kms antes de Busigny (donde empieza la ciloturista a 170 kms del final). Con previsión de viento de cara, algo de lluvia por la mañana e incluso nieve a primera hora. Al final el día fue más benévolo que las previsiones. Pero el temor al pavé mojado, el barro, el viento, y la lluvia… dotaban del mayor respeto al momento.

Nada más llegar a Busigny (sobre las 8.20), se empiezan a ver los primeros ciclistas que de manera rezagada comienzan la marcha. Alguno va muy rápido! Otros a su ritmo. Con los kilómetros se nota la tensa espera hasta el primer tramo de pavé.

Aunque poco tardarían en llegar. El primero es un tramo duro (algo más que lo que conozco en Bélgica), además algo en bajada. Lo tomo con decisión y aprieto por mantener los 30 kms/h que no me costaría demasiado al ser como digo la parte final en bajada.

La situación es dantesca. Está lleno de bidones (llenos de isotónico), en el tramo de unos 2 kms vería más de 60 y no exagero. Los primeros tramos están bien señalizados (luego aún estaban poniendo las señales).

La situación seguía siendo tremenda. No estamos mucho y los pocos que te encuentras están en la cuneta reparando pinchazos, recogiendo el bidón, metiendo la cadena. En uno de los tramos “atrincherados” hay además un búnker antiaéreo… lo que nos recuerda de una manera más evidente la historia bélica de aquel terreno.

Aunque sean otros tiempos (y otra generación), por algunos momentos me imagino en “el campo de batalla”, luchando contra los elementos, contra las piedras, y contra uno mismo. El ver “heridos de guerra” en las cunetas no hace más que afianzar esta efímera realidad.

Conforme van pasando los tramos de adoquín, la gente busca desesperada el alivio de la tierra, de una trazada más limpia de piedras. Aunque muchas veces el arcén esconde adoquines sueltos, agujeros, o un escalón que delimita el pavé, con el que te puedes tropezar o dar en el pedal. Una vez más la carretera te exige atención.

Las minas de Arenberg presagian el famoso tramo adoquinado. Por aquí es donde los profesionales tendrán que luchar por la posición y evitar peligrosos cortes y caídas. Momento de nervios.

Se nota que hay más gente en la marcha y a lo lejos se ve el puente característico que pasa sobre el Trouée d’Arenberg. 2400 metros de pavé en ligera subida nos esperan. El primer tramo de 5 estrellas.

Ya con 120 kms en las piernas, toca bajarse de la bici para hacerse una foto con el cartel que anuncia el tramo.

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Uno de los tres puntos míticos de la carrera junto con el Carrefour de l’Arbre, y el velódromo de Roubaix.

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Aunque no se aprecie lo suficiente, es realmente duro. La rueda patina, el manillar se gira, y la rueda delantera se clava.

Es imposible ir de pie, ya que te patina la rueda, y casi imposible ir sentado. Es una postura de rodador, en la que se sobrecargan las rodillas. Pese a tener 2.400 metros se hace más corto que otros tramos. Quizá por el gentío, lo famoso del lugar, o lo concentrado que se va en el suelo.

Por cierto, de la mitad hacia el final está algo más roto, y tiene una ligera pendiente ascendente que hace aún más difícil rodar. Poco a poco la velocidad disminuye y de intentar ir a 30, se quedan en 25, 22… y ves impotente como te vas clavando y cada vez parecen más altos y duros los adoquines (producto entre otras cosas de la baja velocidad).

Al salir del tramo alivio, y parón, al igual que los profesionales. Yo continuo, en busca del siguiente tramo Pont Gibus, algo más ameno.

Aún quedan dos tramos duros de 5 estrellas: Mons-en-Pévèle de 3000m y Carrefour de l’Arbre de 2.100 a 15 kms de Roubaix.

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En el Pont Gibus, parte del pavé de Walles.

A partir de aquí la sucesión de tramos, longitud y dureza se incrementan, Además tienen curvas de 90º, que los dotan de mayor dificultad aunque solo sea técnica.

Hornaing es un tramo larguísimo de 3,7 kms. Al menos no es tan duro, aunque tenga 4 estrellas creo que en parte es por la longitud. Ya que a diferencia de otros por este se podía rodar relativamente bien.

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Aquí ya hay más gente, y se ve a más gente con bici de ciclocross y bici de monte que con bici de carretera estándar.

En el Carrefour de l’Arbre no me paré a sacar fotos, ya que es hasta peligroso! La gente va mirando solo al suelo, y cuanto peor es el tramo más atento vas buscando la trazada. La gente tiende a ir por el arcén, el problema está en que a veces vas adelantando por el centro, y los que van por el arcén también van al centro por librar un agujero, un bache, el bordillo, o adelantar… y se dan situaciones peligrosas en donde tienes que frenar o desviarte, y a veces no es tan fácil controlar la bici.

Vi un par de cilistas accidentados, uno que metió la rueda en un hueco y salió de morros, y varios caídos en la cuenta. Lo que te recuerda lo duro que es esto.

Más adelante, también vería a un ciclista sin sillín! Restos de la contienda.

Hasta Roubaix, aún faltarían un par de tramos. Aunque supuestamente más sencillos, se hacen duros.

Llegando a Roubaix (a 4 kms aprox), un pequeño repecho hace que se pongan las piernas duras por mantener siquiera la rueda (y eso que hace viento de cara). Ahí es donde Cancellara intentó cortar a Sep Vanmarcke, sin exíto.

Luego es todo en bajada hasta el velódromo. La gente se ve nerviosa. No sabemos cuanto queda nada más que por el cuentakilómetros (no hay ninguna indicación), pero no puede quedar mucho. El tráfico y los semáforos obligan a parar y los arreones posteriores hacen que se endurezcan aún más las piernas.

La entrada en el velódromo es un momento de calma para muchos, esto ya a acabado.

Aunque sea vuelta de honor, tengo ganas de esprintar y me subo por el peralte incitando a la gente con la que iba a que entrase al trapo, aunque sin demasiado éxito, me da igual, salgo lanzado de la curva y afronto la contrarecta en un largo sprint hasta meta. Esto está hecho!

Contento por acabar, y no haber tenido ningún percance.

Sin duda es una clásica especial. Tanto por la historia, como por la dureza de la misma.

Al día siguiente, viéndolo con atención en la TV, te da la sensación de estar allí. Tienes los recuerdos aún en la retina, y los revives entrelazándose con la carrera, haciéndote de alguna manera más partícipe de ella, del sufrimiento y esfuerzo de los corredores, que puedes aún notar en las rodillas, partícipe, aunque solo sea en la memoria, de la historia de la París-Roubaix.

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